Cuentos de fútbol


Y si lo apuraban era tan mentiroso que podía declararse amigo de Di Stefano. Al rato de iniciar el segundo tiempo cobró un gol de ellos bastante duduso, porque la rama que hacía de travesaño se había caído y la altura se medía a ojo de buen cubero.
Estabamos perdiendo y encima nos bailaban. Tanto se entusiasmó mi padre que ni bien les tocábamos los talones cobraba y encima nos daba un reto. Por esas cosas del destino esa tarde iba a dejarnos algunas lecciones. Los de Honor y Patria hicieron todo para golearnos pero sólo pudieron meterla dos veces en el arco. Puro azar: la pelota daba en los palos, en la cara de Puchi Toranzo, picaba en los pozos y se desviaba y así siguió hasta el amargo final.
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Osvaldo Soriano,
Argentina
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En 1930, Albert Camus era el San Pedro que custodiaba la puerta del equipo de fútbol de la Universidad de Argel. Se había acostumbrado a jugar de guardameta desde niño, porque ése era el puesto donde menos se gastaban los zapatos. Hijo de casa pobre, Camus no podía darse el lujo de correr por las canchas: cada noche, la abuela le revizaba las suelas y le pegaba una paliza si las encontraba gastadas.
-Aprendí que la pelota nunca viene hacía uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser lo que se dice derecha. También aprendió a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura, sabidurías difíciles, y aprendió algunos misterios del alma humana, en cuyos laberintos supo meterse después, en peligroso viaje.
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Eduardo Galeano
Uruguay
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Mi papí no va al cine ni tiene amigos ni hace deporte, él hace plata de lunes a viernes, y los fines de semana duerme todo lo que puede, y yo por eso nunca en mi vida he agarrado un palo de golf. Camino con Henry hacia la parte de atrás de El Rancho, pasando la caseta verde donde un señor sin dientes y cara de malo nos ha entregado los palitos y las pelotas y nos ha dicho, amenazador, si pierden las pelotas, les cobro cinco soles por cada una. Coloca las pelotitas Henry en el punto de salida del golfito. ¿Qué apostamos?, me pregunta de repente, y yo me quedo mudo.
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Jaime Bayly
Perú
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